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Tus manos y mi espalda

Por



No podía dejar de preguntarme qué significaba esa sensación que oprimía mi corazón, que desgarraba mi pecho. Aquel sentimiento que ponía en tensión mis ojos y los rodeaba de lágrimas. Unas lágrimas con forma de gota que, posteriormente, brotaban por mis mejillas sin mi consentimiento. 

No podía entender el porqué de aquella frustración que sentía, que me abrazaba con tantas ganas como yo te hubiera abrazado a ti si te hubiera tenido delante. 

Tampoco llegaba a comprender el porqué de aquella impotencia, de aquella rabia contenida. De todo ese coraje acumulado que, difícilmente, podía caber en un cuerpo tan pequeño como el mío. Dicho sea de paso, curioso contraste el de tu cuerpo con el mío. 

Tampoco podía comprender la razón de esos celos, ampliamente justificados pero inverosímiles. Celos que nunca tuve derecho a tener, pero que no podía evitar sentir. 

El insomnio, después de tanto tiempo, volvía a visitarme, pero tú no estabas, habías partido. Y yo, sin quererlo, te esperaba; te sentía, te añoraba, me retorcía y me estremecía recordando el tacto de tus manos con mi espalda. 
Sale

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