Besos

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Hay besos eróticos. Besos que saben a miel y besos que saben a caramelo. Besos que saben a rencor y besos que saben a desazón. Todos pueden ser tan pasionales como el anterior, o tan sosos e inocentes que pasen desapercibidos en nuestra memoria. 

No puedo evitar preguntarme por qué somos capaces de expulsar a los besos de nuestros recuerdos: desde los besos de amor a los de muñeca. O los que saben a cereza, por qué no. García Márquez decía que hay cerezas que saben a beso ¿Por qué no iba a haber besos que saben a cereza? 

En fin, da igual el sabor del beso. Lo que nos atañe es nuestra capacidad de olvido. En alguna parte leí, y creo que en alguna de mis clases me lo confirmaron, que infravaloramos la memoria humana. Decimos a la ligera “tengo poca memoria” cuando, contrariamente, nos moriríamos de vergüenza tan solo de pensar en pronunciar la frase “tengo poca inteligencia”. 

La memoria es, para el sur humano, tan valiosa como la inteligencia. Por eso, todos somos capaces de recordar nuestro primer beso y olvidar aquellos ligados a malas experiencias. Esto no es otra cosa que memoria selectiva: un tipo de memoria más desarrollada y superior, capaz de borrar de la mente lo que nos hace daño para mantenernos felizmente vivos. 
Sale

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