CULTUREAD





Al caer la tarde

Por



Martina miró el mar. Respiró profundamente y se quedó pensativa ante la inmensidad del océano.La brisa acariciaba su piel y el olor a sal invadía su olfato. No podía parar de pensar en Juan, en todo lo que le echaba de menos. Las vacaciones no eran lo mismo sin él. Habían pasado dos veranos desde que se marchó. 

Martina imaginó cómo sería caminar con él por la arena con los pies descalzos, una vez más. Sintió que nunca se acostumbraría a convivir con la muerte. Resultaba difícil olvidar la suavidad de sus manos y la rigidez de sus callos. Sintió que no sería capaz de borrar de su mente el olor frutal de su cabello castaño. También que no podría evitar recordar el sarpullido que le dejaba su densa barba sobre el rostro.  

Era un buen chico y fueron muchos veranos. Y muchos inviernos; cuántas navidades no habrían disfrutado de Cortilandia abrazados y escuchando los gritos de cientos de niños inocentes y gritones. Aquellos infraseres siempre acababan irritando a Juan, pero él consentía estar allí a sabiendas de que ella disfrutaba de aquel espectáculo igual que si volviera a tener diez años.  

De hecho, lo disfrutaba casi tanto como los cafés con nata y vainilla que Juan compraba en un puesto callejero cada vez que caminaban hacía el Palacio de Oriente. Cuántos atardeceres habían pasado allí, tirados sobre el césped, observando las nubes y sus formas... 

Cuántas veces no habrían contemplado el gigantesco cielo, soñando con su vida dentro de unos años. Y todo mientras Juan se fumaba un cigarrillo tras otro, un vicio que a ella le horrorizaba. Pero, aún con todo, le quería. Le quería tanto que no era capaz de expresar cuánto. El tamaño del océano se quedaba corto.
Sale

No hay comentarios

Cuéntame tu opinión aquí: