Twiggy, la modelo que se convirtió en el rostro de toda una década

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Metro setenta de altura, cuarenta kilos, pelo a lo garçon y ojos saltones. Son los rasgos culpables de la afortunada o desafortunada (más bien lo primero) androginia de Leslie Hornby, conocida como Twiggy o “la cara de 1966”, una mujer todoterreno que marcó un antes y un después en el mundo del modelaje. 

Aunque, de entrada, su nombre pudiese parecer jocoso (twiggy significa ramita en ingles) quizá fue el mayor de sus aliados para darse a conocer, además de sus estrafalarias pestañas de muñeca dibujadas junto a su doble cat-eye

Es la pequeña de tres hermanos y nació el 19 de septiembre de 1949, en el seno de una familia humilde, al norte de Londres. Su padre se dedicaba a la carpintería y su madre era ama de casa. Tal vez, por eso Twiggy siempre supo lo que es el trabajo duro. En 1965, comenzó a trabajar en el mismo salón de peluquería que su hermana y la casualidad hizo que un hombre llamado Nigel Davis (después autobautizado como Justin Villeneuve) la descubriese como modelo. Villeneuve, a modo de hado madrino, la puso ante las tijeras del famoso peluquero Leonard y ante el objetivo del fotógrafo Barry Lategan. Sus encantos hicieron el resto: había surgido una estrella en el firmamento británico de la moda. 




Twiggy siempre fue distinta de las demás, pero no por ello menos brillante. Para los que no la recuerden (o aún no hubiesen nacido, como yo), se podría decir que fue una Kate Moss o una Cara Delevigne de su tiempo.

Si Moss reivindicó la actitud rockera y Delevingne la transgresión de los cánones establecidos a través de sus cejas, Twiggy reivindicó el modernismo o el fenómeno social del momento, el movimiento Mod. Y lo hizo gracias a la androginia moderada que le concedían su extrema delgadez, sus duras pero infantiles facciones y su corta (y engominada) melena rubia platino.




A pesar del toque masculino de su imagen, nunca rehuyó de la femineidad y de la sofistificación. Tampoco de la moda colorida y hippie, propia de la década. Quizá por eso se convirtió en el rostro del 66 y sigue siendo uno de los rostros del 2015 (el pasado enero de este mismo año, la firma de cosmética y peluquería L’Oréal anunciaba que la modelo volvía a convertirse en su imagen, unas cinco décadas después).

Otra de sus grandes cualidades es, sin duda, la versatilidad, ya que, además de al modelaje, también ha dedicado su vida al canto y a la interpretación. Otra, la espontaneidad ligada a una actitud divertida y despreocupada. Como prueba, siempre fue una fiel abanderada del estampado del leopardo y de que la moda debería ser estilosa y divertida.

Gracias, Twiggy. Gracias por reivindicar la diversión en una industria que parece incapaz de librarse de su lado oscuro.


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