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Yo y su gato Nadie

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A Yo le gusta el olor a palomitas. Sobre todo, ese que desprenden las que han sido horneadas en tiendas de chuches situadas junto a algún comercio anodino. Le recuerdan a cuando solo era una niña y pedía a grito pelado que se las comprasen. Y nunca lo hacían porque, paradójicamente, alentada por el olor de las saladas, las pedía dulces. Y eso a pesar de que aquellos brillantes y azucarados snacks no le gustaban. Pero eran multicolor y parecían la clara definición de felicidad para una pequeña como ella. 

Ahora es mayor y tampoco le gustan. Pero adora imaginar a través de las percepciones sensoriales que los estímulos le ofrecen. Aunque no tiene nada que ver con el maíz ni con el color, esa es su nueva definición de felicidad. Los pequeños detalles que solo su gato Nadie valora, como las latas de atún que Yo le regala cada 20 de noviembre por su purr cumpleaños. 

A yo le gusta saber que se miente a si misma. Le gusta saber que Yo y Nadie no existen, que solo lo hacen de forma abstracta, como concepto. Porque Yo no es nadie y Nadie, tampoco. Yo y Nadie somos todos cuando nos sentimos solos. Somos tú y yo cuándo disfrutamos de un casual y repentino olor a palomitas o churros. Cuando nos ponemos una concha en la oreja y escuchamos el sonido del mar, aunque no estemos allí.
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